La fuerza de las palabras

Como padres estamos acostumbrados a regañar, felicitar, criticar o estimular a nuestros hijos sin darnos cuenta la mayoría de las veces la trascendencia que cada una de nuestras palabras pueden tener en la vida de ellos; las huellas permanentes que dejan en su vida.

 

Con las palabras podemos construir o destruir, agrandar o empequeñecer, embellecer o afear.

 

Podemos crear estructuras solidas en autoestimas en desarrollo que mas tarde proporcionarán a su dueño las fortalezas necesarias para alcanzar las metas que se hayan trazado.

 

En alguna ocasión hemos oído hablar de José Hernández, el primer astronauta mexicano, que a pesar de haber nacido en una familia de campesinos muy humilde, su origen no lo detuvo para tener sueños y aspiraciones muy altas.  Las palabras de su padre siempre lo estimularon para alcanzar sus sueños. Su papá siempre le dio confianza, lo dejo soñar pero también  le mostró el camino a seguir para alcanzar el éxito:

  • Primero le dio alas para volar.
  • Siempre le demostró que confiaba en él.
  • Le dio la posibilidad de triunfar.
  • Le propuso fijarse una meta.
  • Le ayudo a trazar el camino para llegar a la meta.
  • Le propuso alcanzarla y lo apoyo todo el camino mientras le decía: ¡¡¡¡Supérate a ti mismo!!!!

 

 

No permitamos que nuestros problemas, miedos y frustraciones sean el motor que guie nuestras palabras inyectando carencias y sinsabores en el alma de nuestros niños.

Un regaño o corrección es una parte importante de la educación. Es tan valioso y necesario como un elogio, pero debemos cuidar que éstos sean siempre:

  1.  A tiempo.
  2. Sin reproches.
  3. Sin violencia.
  4. Sin ánimo de insultar.

Cuidando estos detalles y  complementando con atención y reconocimiento a los logros del niño, conseguiremos un equilibrio que permitirá el desarrollo de una autoestima sana y fuerte.

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